Texto por: Alonso Vázquez Moyers

Twitter: @alonsomoyers

Alonso Vázquez Moyers Licenciado en Derecho, especialista en derecho administrativo.

Es candidato a Doctor por la Facultad Mexicana de Ciencias Sociales (FLACSO-México), donde realiza una investigación sobre las geografías jurídicas de la guerra contra el narcotráfico

Entre la izquierda y las fuerzas de seguridad, hay una relación de mutua desconfianza. Por lo general, la izquierda protesta en las calles y, por lo general, las policías y, en casos más graves las corporaciones militares, “reestablecen” el orden por medio de escudos, toletes, cañones de agua, detenciones. Violencia en principio legítima (en tanto facultad del Estado) que fácilmente trastoca esa característica fundamental. En nombre de la ley, los gobiernos de derecha han cometido graves excesos. Incluso, han promovido con éxito golpes de Estado. 

López Obrador lo sabía bien. Lo supo probablemente en su primera reunión como presidente electo con el entonces secretario de la Defensa. No había una particular buena relación entre ellos. En campaña y antes, el ahora presidente había señalado reiteradamente los excesos de las fuerzas armadas. De masacre calificó al operativo en Nayarit en 2017, cuando efectivos de la Marina dispararon desde un helicóptero artillado y mataron al menos a 12 presuntos delincuentes.  

-Reclámele al Ejército, respondió López Obrador en Nueva York a un padre de los desaparecidos de Ayotzinapa. 

Pero cuando a un grupo de izquierda lo alcanza el gobierno, la tarea de gobernar se impone a las agendas que reivindica la propia izquierda. Y por eso siempre hay disonancias. No es lo mismo protestar contra una multinacional que gobernar y necesitar de ella para generar empleos, por más que se pueda estar en contra de sus métodos, de sus raquíticos salarios y su extraño uso de la legalidad. No me desvió: lo mismo sucede con las fuerzas del orden. Se puede cuestionar y refutar la imperiosa necesidad de su existencia y hacer un tratado moral sobre la necesidad de abolir toda forma de violencia estatal. Llegados al gobierno, la tarea es distinta; además de que ya están ahí, también existen los problemas a las que las corporaciones de seguridad la hacen frente. 

Una parte de la izquierda se siente traicionada. No dan crédito al acercamiento entre AMLO y los militares, en especial al Ejército. Algo contra natura. Menos aún que la solución a los gravísimos problemas de seguridad se ponga en un cuerpo militarizado como la Guardia Nacional. 

Pero todo gobierno de izquierda es vulnerable. Porque trastoca intereses de diverso tipo. Y porque la propia forma de ejercer el poder del presidente es conformacional. El gobierno de López Obrador tiene varios frentes abiertos. Todos, contra grupos de élite política-empresarial. Necesita, por lo tanto, de aliados. Quizás mantener el encono con la milicia era suicida. 

El problema de la semana es con la Policía Federal. En México tenemos mala relación con las policías. En nuestra representación los agentes, sean de tránsito, preventivos o federales, siempre están mal preparados, son corruptos y poco confiables. No gozan de buena reputación, pues. Sobran motivos, desde luego. Fueron los policías federales quienes, en Atenco, violaron, torturaron y golpearon con uso desmedido de la fuerza. Un año más, tarde chocaron federales con miembros de la APPO en Oaxaca. El Saldo, más de cien heridos. Los abuso de las policías -no sólo federales- son de sobra conocidos. En el grave problema de descomposición generalizada, las policías son punta de lanza. Infiltradas por la delincuencia, por los intereses de grupos políticos no menos delincuenciales y denostados por la sociedad en general, las policías son vulnerables a cualquier descalificación. 

Personalmente, tengo un peculiar respeto por los agentes de policía. Cada oportunidad que tengo, le invito un café a algún oficial. Normalmente aceptan, siempre agradecidos, siempre con una humildad que evidencia su origen. 

La corporación, me dice un amigo policía federal, es muy disciplinada. Por lo tanto, aceptamos casi con resignación incorporarnos a la Guardia Nacional. Pero los militares sobajan a los compañeros. 

No es raro, el entrenamiento militar es así. Pero es eso: militar. Los policías funcionan de otra manera, tienen otra manera de ver a la sociedad y su papel en ella. Por eso con un policía se dialoga, se negocia. Ese es un error fundamental en la estrategia de militarizar la guardia nacional. Ha pasado casi por alto. En la preparación de unos y otros, hay un elemento de aproximación a la gente que se deja de lado. 

Es cierto que a lo largo de los años ha habido una gradual incorporación de militares a las policías. Tanto a los mandos como a la tropa. Y que ello ha significado abusos de fuerza. Pero, en la medida de lo posible, se convierten en policías y se vuelven menos soldados. 

En el libro La Tropa, Por qué mata un soldado, hay una anécdota escalofriante. Un grupo de soldados, como parte de su entrenamiento, es obligado a sobrevivir en un cerro por varios días y deben darle muerte a una perra que amamanta a sus crías para después comerla. Dudo ese nivel de entrenamiento para un policía. Ni ese nivel de deshumanización. 

Es entonces lógico que los soldados vean en los federales a consentidos del sistema, aunque no lo sean. Y que traten de mostrarles “como es la vida en realidad”. Una pena. 

¿Por qué cargar contra los federales de esa manera? Posiblemente por la desconfianza natural y hasta moral que mantienen la izquierda hacia las fuerzas del Estado. Muchos saben qué significa ser arrestado, golpeado, desaparecido y torturado por un policía (generalmente cuando se trata de militares, no queda testimonio). Sin embargo, políticamente parece torpe enfrentar a la corporación. Además de nutrir la desconfianza hacia las policías, acaba por darle una bandera a la desdibujada oposición. Y, por lo tanto, algo qué pescar en el río revuelto a políticos abyectos.