Los problemas. México como nación, Estado, régimen y gobierno, sobrevive a una profunda crisis. Pese a todos los esfuerzos por ocultarla y llamar al optimismo como medicina que todo lo cura, lo cierto es que nuestro país está socavado, erosionado, dolido, harto, arruinado, desmembrado. Desmembrados también, he separado alevosamente los componentes que lo integran.

La nación, como cuerpo que articula el colectivo social, le da identidad, coherencia simbólica, valores compartidos y un origen idiosincrásico común. El Estado, como totalidad concreta, posee una estructura abstracta que articula piramidalmente las distintas asociaciones de dominación, construye la autoridad política y por definición propia garantiza el orden establecido que permite la vida en armonía, con seguridad, justicia y desarrollo social. Si no es para eso, para qué creamos ese ogro omniabarcante. El régimen, que no es más que el ordenamiento político y legal de los poderes del Estado, constituye la división del poder político, legitima su actuar y equilibra las fuerzas del Estado. Y el gobierno, como el administrador de las responsabilidades sociales, económicas, políticas y culturales de todo el Estado. Todos estos componentes del país se encuentra desde ya hace muchos años, en un profundo deterioro, una crisis que los está consumiendo, los pudre, los volatiliza. Parafraseando a Toni Judt y su exquisito libro Algo va mal, hoy 15 de septiembre, debemos reconocer que algo va mal en México.

Justo es el 15 de septiembre donde convergen todos los componentes antes mencionados, se imbrican unos a otros, la existencia de uno, posibilita a los demás y la de los demás posibilita al uno. El 15 de septiembre aflora la nación con su mito fundador, ese que nos recuerda, en cada rito septembrino quiénes somos, de dónde venimos, nos da identidad y patria, nos arropa como nación. La convocatoria al rito que en nuestro caso es grito, la realiza el jefe de Estado y también de gobierno, nuestro presidente; la naturaleza de su autoridad política lo legitima para tal acto. Metafóricamente en la plancha del zócalo así como en todas las plazas públicas de México, nación, Estado, gobierno y régimen coexisten, se ramifican en un solo cuerpo. Sin embargo, este 15 de septiembre, al igual que lo últimos, el rito adolece de voluntades, los cuerpos políticos que lo integran están desasociados, no hay ánimo y deseo de representar el rito. ¿Cómo llegamos a esto?

El origen de la crisis. El deterioro al que estamos llegando tiene un origen, no muy remoto pero sí sintomático y constante. Nuestra nación ha perdido cuerpo, el Estado autoridad, el gobierno capacidad de gestión y el régimen se ha convertido en un archipiélago de poderes-proyectos políticos de camarillas, de grupos, de partidos, de mafias. Las razones no sólo son atribuibles a un grupo político, a un partido, a una élite, si bien éstas lo han potenciado, las razones son más profundas. Debe leerse al genial Guillermo Hurtado para entender que las razones de la crisis que vivimos se deben a que estamos experimentando una “fractura con nuestra historicidad”. Hemos extraviado los derroteros, nuestra hoja de ruta, nuestro proyecto de país; hemos olvidado el origen común que nos consagra como nación, México experimenta una pérdida de razones para seguir, para entender de dónde viene y hacia dónde va.

Nuestros rasgos como nación se han distorsionado en la conducción accidentada de un proyecto revolucionario emanado en 1910 y en una falta de entendimiento de nuestros orígenes profundos: la revuelta de independencia y nuestro pasado indígena y precolombino. ¿Por qué nos constituimos como nación? ¿Por qué quisimos ser independientes? Cuál fue el diseño de Estado que se dibujó luego de la revolución de 1910? ¿Cómo y para qué queremos un régimen político que reparta el poder y permita la organización de un gobierno que administre las responsabilidades sociales del Estado?

La alternancia en el año 2000 y la forma en la que quedó paralizado el cambio político que ameritaba una nueva reinterpretación (ahora pacíficamente y sin armas) de las razones, los porqués del Estado y su conducción política tuvieron un terrible impacto en el proceso político. Nuestra alternancia fracasó. Quizá el último momento que tuvo el nuevo grupo en el poder que condujo la alternancia para revertir este error, fueron los festejos nacionales que conmemoraban el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución, sin embargo, fueron desaprovechados. Ahí se encuentra la última oportunidad para mejorar, para evitar la desazón.

Luego del 2010, la crisis se profundizó. Con un último suspiro de ilusión democrática, pensando que a través de los votos todo se soluciona, en 2012 la mayoría optó, por conciencia o por influencia mediática, por una opción política que se decía probada, con experiencia en la conducción estatal y con entendimiento de cómo operar la acción gubernamental. Sin embargo, el resultado fue inverso. La ilusión se frustró, fuimos engañados con la verdad. En los últimos cuatro años la crisis se ha profundizado, la fractura con la historicidad se ha convertido en cisma, pero además de ello, se ha evidenciado la ausencia de un liderazgo nacional coherente, estratégico y articulado. Hoy el jefe del Estado ha perdido su capacidad de acción, su entendimiento limitado de los problemas nacionales y la incapacidad para operar el cascarón estatal lo han llevado a profundizar la crisis. Su autoridad política se ha desvanecido, los fallos en el ejercicio de gobierno, la pésima conducción del Estado y la sordera política que lo caracteriza ha producido el ensimismamiento, el fracaso, y en los días recientes hasta el aborrecimiento nacional para que se precipite su salida. Hoy el 15 de septiembre pareciera no ser más un grito que conmemora las raíces históricas de nuestro origen nacional, sino más bien se ha convertido en un grito de desesperación, de hartazgo. Su blanco principal, el líder del Estado mexicano.

Las soluciones. Los procesos de descomposición son eso, procesos, y cómo tal tienen etapas, tiempos largos y tiempos cortos. Si la crisis se gestó en varios años, las posibles soluciones no pueden ser remedios inmediatos, sobre todo si hablamos de reconstruir el sentido de existencia colectiva (nuevamente parafraseando a Hurtado). Lo primero que habría que plantearse es el trazado de una hoja de ruta que nos lleve a mejor puerto. Para ello se requiere al menos detonar dos vertientes: una sedimentación social que participe activamente en su diseño y operacionalidad; un liderazgo nacional arraigado maduro, con altas miras, que tenga una visión de Estado a largo plazo. Ese liderazgo más allá del perfil político o filiación partidista, tendría que contar con el respaldo y voluntad de la clase política, de los grupos de interés y sobre todo de la propia ciudadanía. La transexenalidad del proyecto sería uno de sus mayores retos.

Por otro lado, México demanda una democracia que trascienda las urnas, el encanto democrático no puede quedarse sólo en una caprichosa emisión del voto cada seis años, por el contrario, la ciudadanía debe involucrarse más en la discusión de los asuntos públicos. Si el proyecto nacional se construye desde abajo, la ciudadanía puede no sólo sentirse parte de él y participar en su edificación, defensa y vigilancia, sino además mostrar orgullo por el propio proyecto. ¿Acaso no fue así como se construyó el Estado mexicano en los años treinta del siglo pasado?

Por último, una vez articulada la hoja de ruta, con el involucramiento social y el liderazgo nacional en la conducción del Estado, es necesario recomponer el desgastado pacto nacional en torno a las leyes que nos hemos dado y el respeto a las mismas. Nuestra idiosincrasia cada vez se mimetiza más con la trasgresión a las leyes y a nuestras propias normas, encarna la corrupción en todos sus niveles de forma bidireccional. Hacer trampa es una práctica que nos corroe a todos como sociedad, pero que todos practicamos. Para recomponer esa situación, es necesario que dentro de nuestra hoja de ruta, se establezca la implementación de un código de ética nacional, anidado en nuestro proyecto educativo de largo plazo, pero reforzado en la estructura social actual en todos sus niveles.

Recuperar la confianza, el sentido de existencia colectiva, el orgullo como nación, respetar la ley y educar mejor a los nuevos mexicanos pareciera una tarea mayúscula, pero también es una responsabilidad de Estado. Encontrarnos con nuestro pasado, entender nuestro presente y construir un futuro para la nación es el reto. La fuerza política del Estado y la administración responsable de su gobierno, los instrumentos que deben ponerse al servicio del proyecto.

 

Sobre el autor
Marco Arellano Toledo – @marellano7
Politólogo, profesor de ciencia política en UNAM.