Es el momento más delicado del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto que aún ni los dos años cumple. ¿Cómo pasó de ser un gobierno al que todo le salía bien a otro en el que nada le sale? De un gobierno luminoso, al menos mediáticamente a otro sombrío lleno de sinsabores. ¿Cuál es el momento actual que vive el presidente Enrique Peña Nieto y su joven gobierno?

Si se mira con profundidad y se revisa el estado actual de la coyuntura que enfrenta México se puede advertir una multiplicidad de problemáticas. El panorama no es alentador, ha puesto en jaque al gobierno del presidente Peña y la naturaleza de esta situación tiene distenciones que muestran un conjunto de riesgos para todos los mexicanos. Para identificar el momento actual ordenaré el proceso político y lo dividiré en tres vertientes que están impactando y reconfigurando la realidad mexicana al final del año 2014: movilización política, ritmo de las reformas y desalineación de intereses.

1. Movilización política. Durante más de 50 días que han transcurrido luego de la tragedia de Ayotzinapa un conjunto de manifestaciones y movilizaciones políticas han cimbrado al país. Para bien de todos, la sociedad parece despertar con niveles de exigencia más altos y en un intento de activar la conciencia política, la sociedad ha cuestionado, castigado y presionado a un gobierno que no parece entender que los tiempos ya no son los del antiguo régimen y  que ni con porros y provocaciones paraestatales la ciudadanía va claudicar. Hoy México está en vilo gracias a la presión social que la ciudadanía valiente ha generado recorriendo las calles de todo el país. Sin embargo, la movilización política no sólo es y está por Ayotzinapa, otros factores previos han concatenado y cristalizado su potencia. La cerrazón del gobierno por tratar de entender las demandas de forma específica y no global lo ha llevado al descrédito y reproche ciudadano. La movilización política de los últimos días en México muestra que las reglas que nos hemos dado para transitar en política no están funcionando, que es necesario cambiarlas, evolucionarlas, redefinirlas. La efervescencia social le explota en la cara al gobierno peñista, el telón de fondo es que la anhelada democracia representativa y procedimental que todos soñamos ha fallado.

El contexto de la movilización que no sólo es en el D.F. y que poco a poco desborda las fronteras de las redes sociales y trasciende a la banqueta es el hartazgo, los excesos de gobierno en todos sus niveles, el señalamiento de los privilegios de los de siempre. En parte la acepción que se ha manejado como “fue el Estado” indica la cristalización de tantos excesos que ha cometido el Estado por acción u omisión en su más amplia expresión, en todos sus niveles y por muchos años: Aguas Blancas, San Fernando, Tamaulipas, Ayotzinapa, Tlatelolco, Michoacán, Cd Juárez, Atenco, Acteal, guardería ABC.

Hartazgo y cansancio más ausencia de Estado de derecho, combinado con altos índices de delictividad, pobreza extrema, desigualdad social, desempleo y esfuerzos innecesarios del Estado por garantizar la paz social a través de violencia confusa en las manifestaciones que tiene indignado a todo el país por estas situaciones, han generado un coctel de indignación que cobra cada día más fuerza adentro y afuera del país. Hoy, el incipiente y a veces infundado rumor de la dimisión del presidente por falta de respuesta gubernamental ante los problemas sociales aparece en medios nacionales e internacionales.

2. El ritmo de las reformas. Este aspecto del momento actual que vive el país parece desapercibido. En él, se debe enfatizar que el presidente Peña Nieto y su propio gobierno están siendo amenazados por aquello que en algún momento fue vanagloriado, sus reformas estructurales.

Luego de un primer año y medio de reformismo constitucional en donde se plantearon, desarrollaron, negociaron y procesaron al menos 11 reformas estructurales, pasamos a uno en donde estas mismas reformas le demandan cambios y participación política, económica, industrial, empresarial, tanto nacional como internacional a un Estado carroñado por sus problemáticas estructurales que más que nunca muestra que su base social, su acuerdo político y la participación inteligente de todos sus poderes está escindida, rota, frágil. Se reformó estructuralmente la Constitución en 11 grandes temas, pero no se reformó el acuerdo político amplio y transversal. Se pensó que el procesamiento de las reformas a través de una pacto partidizado, excluyente y cupular permitiría la aprobación de las reformas. Es cierto, funcionó, pero se olvidó que la implantación de las mismas demanda una incluyente amalgama de unidades de poder no incrustado al Estado pero demandante de éste. Ahora muchos de esos intereses acorralan al presidente Peña Nieto y a su gobierno. Me explico.

En la reforma en telecomunicaciones se contempla la apertura para la participación en la licitación de canales de televisión. Si bien el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) tendría que mediar esos intereses y conciliarlos, lo cierto es que los monopolios mediáticos disputan una lucha encarnada por el acceso a esas licitaciones. El gobierno es centro de sus chantajes y niveles de coacción. No se explica de otra manera el periodismo faccioso que se hace en MVS atacando al presidente y su gobierno o cómo la agenda noticiosa de Televisa transmite de forma tramposa las noticias sobre las manifestaciones enfocándolas a favor del gobierno, o por ejemplo, cómo los grupos radiofónicos interesados en adquirir una concesión condicionan apoyos mediáticos a la cuestionada administración gubernamental.

La reforma energética muestra un escenario más estrujante para el gobierno. Al abrir la posibilidad de inversión privada en el sector energético en México, el presidente Peña Nieto destapó la vieja coacción que existía de los intereses internacionales, principalmente los de los petroleros y sus gobierno. Hoy más que nunca dichos intereses se sienten atraídos por el desprestigio internacional de este gobierno en temas sociales y seguridad pública, mismos que les permitiría negociar con un Estado débil y cuestionado internacionalmente, el cual para recurrir al respaldo internacional en una situación de crisis y estabilidad, tendría que tener que conceder algo a cambio.

Para el caso de la reforma política la desalineación es inversa. Si bien, la reforma fue hecha por partidos, para partidos y en el contexto del Pacto por México, la oportunidad del desprestigio de la representación y de los malos gobiernos, brinda las posibilidades para que nuevos actores emergan en esos contextos. Si bien, la reforma ofrece la oportunidad de las candidaturas independientes tambiés es cierto que entranca o constriñe su verdadera postulación con el candado de que es necesario tener el apoyo en firmas de al menos 2% del padrón electoral para logara el registro. En ese sentido, los grupos minoritarios y marginalmente fuera de la escena política ven en la ficción de esta reforma una traba, pero saludan con afecto y solidaridad la desestabilización del status quo, de la clase política hegémonica.

La reforma educativa justo es otra que permite ver que hay una entropía propiciada por el propio gobierno. Al no haberse conciliado lo suficiente, esta reforma ha trastocado los intereses de los maestros que si bien, desde antes de Ayotzinapa se manifestaban con mucha energía social, luego de lo sucedido en Iguala, estos mismos maestros se han subido en la tesitura de la movilización social radical para recordarle al gobierno que no están de acuerdo con esta reforma y que es necesario abrogarla. La confusión entre movilizaciones de maestros inconformes y ciudadanos que demandan la aparición de los 43 desaparecidos en el propio estado de Guerrero sólo evidencia los frentes que debe atender el gobierno federal pero multiplica la imagen de desorden y cuestionamiento social.

Y así se podría seguir con la revisión de las reformas restantes, lo que se encontraría es la validación del mismo argumento, estas reformas se procesaron con consensos mínimos pero su ritmo, velocidad e intensidad de cambio están desajustando los equilibrios de poder, político, económico y social que mínimamente existían previo al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto.

3. Desalineación de intereses. La velocidad de las reformas potenció las ansias de cambio, desató un conjunto de intereses que habían sido contenidos, cooptados, regulados, mediados, ordenados o controlados con diversos paliativos políticos bajo los anteriores códigos del sistema político mexicano. Sí, México se movió como diría el eslogan gubernamental más sonado en el primer año de gobierno, pero se movió desatando nuevos y viejos factores de poder que se avivaron con las reformas. Para muchos de ellos, negociar con un gobierno débil es su apuesta, para otros, la caída del presidente y su gobierno sería una exquisita oportunidad para redefinir sus posiciones de poder.

Todo esto, en el contexto de un país con un economía amenazada por la crisis, con una baja en el precio del petróleo,  con desigualdad social profunda, con un Estado de derecho sumamente débil, corrupto, anquilosado, cuestionado y amenanzado de forma institucional o rupturista por las guerrillas, el anarquismo, la ciudadanía demandante de justicia, los empresarios, el cuarto poder, el narco, los intereses internacionales, es una bomba molotov cuyo propósito, más que la explosión, es el de la expansión de sus demandas y la cosecha de sus dividendos.

Hoy más que nunca el presidente está acorralado, el rumor de su salida, antes o después del 30 de noviembre cobra fuerza y es potenciada por muchos de estos intereses. La coyuntura política posee aires de cambio, el momento actual demanda la atención responsable de todos dada su delicadeza. Seguramente, el propio gobierno peñista reaccionará y quizá de una forma desafortunada que constriña aún más el progreso democrático que tantas convulsiones le ha costado al país.

 

Marco Arellano Toledo – @marellano7

Politólogo, profesor de ciencia política en UNAM.