DIAMANTINA

Texto por: Macarena del Rio

Por todas las mujeres víctimas de violencia: las pasadas, las presentes y, lamentablemente -según la mórbida tendencia misógina en México-, las futuras.

Por ellas y sus familias. Por los desconsuelos causados por el terror y la zozobra que convierte sus noches en eternos días de trabajo sin descanso.

Por la frustración de ver su dolor desestimado por tecnicismos jurídicos o por jueces que consideran que, si los probadamente violadores no sienten placer, no cometieron ningún delito. Dolor desintegrado por el ácido de la simulación de autoridades insuficientes (por ineficaces) que ocupan las instituciones públicas a las que la ciudadanía les hemos dado el poder de las armas y la fuerza “legítima”, de la “inteligencia política” y la intromisión en nuestras vidas por medio de la detención que, hasta ahora, han respondido con investigaciones que parecieran enfocadas en no averiguar ¡nada! Con políticas públicas que se limitan a la capacitación estéril, carente de evidencia, de análisis, de diagnóstico, de seguimiento, de relevancia…

Por la verdad atrapada en miles de fojas cosidas a expedientes ministeriales de feminicidios que fueron investigados como homicidios o agresiones simples, desacreditando a las víctimas y reduciendo el problema de salud pública de la violencia por razones de género, a un prejuicio ya institucionalizado, que se escuda en el “qué habrá hecho”, “con quién se habrá metido” o “qué falda habrá osado vestir ese día”.

Por el terror que gritan los senos cercenados, las gargantas cortadas de extremo a extremo, las identidades decapitadas, los cuerpos arrojados impunemente a las canaletas. Por esos gritos callados que no se pueden silenciar y que, en el ánimo de hacerse sordas, las autoridades de seguridad y justicia terminan por suprimir la ontología misma de a quienes están dejando muertas, aún en vida, por el solo hecho de ser quienes son: mujeres.

Por la pérdida de sentido que aglutina los dolores, que son miles de millones de pedazos de plástico metalizado color morado, incrustados en el relamido peinado de un funcionario negligente.

Que aquella escena sea el recordatorio de que, sobre los hombros y las cabezas de quienes deciden no hacer nada, recae la responsabilidad de las vidas devoradas, las existencias fracturadas y las integridades arrebatadas a niñas y mujeres, por el vecino, el novio, el esposo, el tío, el padre o padrastro, el hermano o sus amigos, el maestro, el jefe, los policías…

Por las dignidades denegadas y por todas las que, enterradas en la fosa clandestina de la opacidad institucional, también fueron demolidas por las manos del poder más arbitrario y supremacista: el machismo.

Por todas quienes tienen miedo de ser perseguidas y hostigadas si denuncian. Por quienes lo hacen, exponiéndose al juicio público. Por la necesidad de transformar la estigmatización que acarrea quienes siendo víctimas buscan ser reparadas frente a la injusticia vivida. Por transformar este estigma y reconocerlo como el acto de mayor valentía.

Porque recordemos que no somos, sin las otras que nos hacen salir de nosotras mismas.

Porque no dejemos solas a quienes se atreven a demostrar que, ante la extrema violencia, la justicia no se dialoga, se exige.

Por quienes, a pesar del paralizante coraje y la eufórica indignación, demuestran, con total elocuencia, que esa violencia extrema sucede cuando la desigualdad se promueve por las instituciones que deberían evitarla y resolverla, cuando es cometida por sus “servidores públicos” y, después, encubierta por sus titulares.

Por quienes, en un país de reverencias convenientes, se atreven, arriesgando su libertad, a cuestionar a la autoridad, exponiendo que ésta carece de toda legitimidad por violadora, por abusiva, por misógina, por no cumplir el objetivo que justifica su existencia.

Porque el Estado somos nosotras. No quienes lo administran y lo gobiernan con total e indolente omisión a su encomienda. Porque nos provocan, porque no nos cuidan, porque nos violan.

Por eso, no estamos para pedir permiso.