Son muchas las incógnitas e interrogantes que genera la aparición de nuevos partidos, sobre todo en una democracia que presume de serlo y lo único que tiene para asumir esa pretensión son sus propios partidos políticos y la celebración de elecciones periódicas más o menos transparentes. ¿Cómo evaluar la inclusión de nuevos partidos a la democracia mexicana? La mejor forma para ello sería revisando las funciones que intentan cumplir los partidos políticos así como los objetivos que persiguen.

La función natural y razón de ser de un partido político es la de representar. Los partidos, como su nombre lo dice, son partes de la sociedad. Se organizan en torno a demandas e intereses de conglomerados sociales que buscan visibilizar dichas demandas en el armazón político del Estado. En ese sentido, dos de los tres nuevos partidos [Partido Encuentro Social y Partido Humanista] han sido incapaces de demostrar a la autoridad electoral que su representación de intereses es de carácter nacional y espontánea, es decir sin acarreos ni promesas de despensas, para la celebración de sus asambleas distritales, requisito mediante el cual el Instituto Nacional Electoral comprueba que los nuevos partidos poseen una base social preocupada porque sus intereses sean representados por estas organizaciones políticas.

Respecto a los objetivos que los partidos persiguen, aquí la literatura politológica es muy clara. Los partidos buscan obtener votos, políticas y cargos. Si su función es representar, su objetivo principal es obtener votos. Visto de forma global el proceso, los partidos buscan implementar proyectos políticos haciendo gobierno. Para ello requieren de votos, siendo los poderes legislativos y ejecutivos en todos los niveles de representación su arena en disputa.

La experiencia en cuanto a resultados electorales para nuevos partidos no es muy optimista. La capacidad que pueden tener éstos para lograr votos en su primera elección es mínima y su destino está condenado al fracaso si no cuentan con una base social que les respalde en el momento electoral. Nuevos partidos con una función de representación de intereses muy pobre [y en el caso de estos nuevos, hasta cuestionada] necesariamente llevará a un bajo rendimiento electoral en su primera participación política y por ende a una imposibilidad de cumplir sus objetivos primarios: votos. Por ende las políticas y los cargos se desvanecen.

¿Qué expresa entonces el nacimiento de estos tres nuevos partidos en la democracia mexicana?

Primero. Da la impresión que han invertido la función primaria de representar a grupos sociales por la de intentar convertirse en nuevas élites políticas. Si se analiza con detenimiento el curso que han seguido los experimentos de nuevos partidos en México, ubicamos tres esfuerzos: Movimiento Ciudadano, Partido del Trabajo y Partido Nueva Alianza. Nuevamente tres. En este caso, la normativa les permitió conservar el registro en su primera elección pues desde la primera pudieron coaligarse con los grandes partidos nacionales y por ende la obtención de votos necesaria para conservar el registro quedó cubierta. Sin embargo, al participar en más de dos y hasta tres procesos electorales, estos partidos fueron privilegiado la representación de los intereses de sus líderes y no la de su base, sí es que la tienen. La experiencia muestra que los partidos nuevos rápidamente buscan colocar a sus líderes como nuevas élites políticas que actúan incorporando y defendiendo los intereses de la clase política del Estado en la que ellos ahora participan y no los intereses de los ciudadanos que emitieron un voto por ellos.

Segundo. Los nuevos partidos expresan oportunidades políticas para los partidos ya existentes. El nacimiento de nuevos partidos con base social realmente existente pueden redefinir y generar cambios significativos en la intención del voto y clientela política de los viejos partidos políticos. De los tres nuevos, sólo MORENA podría garantizar una base social y un liderazgo carismático fundacional que le permitirá asegurar su permanencia en el sistema electoral luego de la primera elección. De consumarse esta inferencia, el partido más debilitado sería el PRD. El electorado por el que competirán ambos partidos está claramente definido. El impacto se puede extender hacia Movimiento Ciudadano y Partido del Trabajo al también ubicarse en la izquierda electoral. Por otra parte, sí MORENA logra demostrar que tiene base social y votos que lo respaldan, en 2018 será una moneda de cambio sumamente jugosa para lograr de nuevo un frente común de partidos de izquierda. Sí esto se consumase, nuevamente el primer punto de lo aquí dicho sería una realidad, se construye un nuevo partido para acceder a la élite política y no para representar intereses sociales legítimos. Por otra parte, suponiendo que los otros dos partidos [PES y PH] pudieran articular una base electoral importante, de acuerdo a sus estatutos e ideología, ambos podrían restarle votantes de derecha al PAN y con ello, habría una redefinición de ese electorado. El único que no parece perder con la inclusión de nuevos partidos es el PRI. Teniendo el gobierno nacional en su poder, 2015 aparece como la oportunidad de contar con una mayoría legislativa aplastante sí estas estimaciones de fragmentación ideológica afectan a las izquierdas y a las derechas.

Tercero. El nacimiento de nuevos partidos expresa una nueva ola de ilusiones esperanzadoras hacia la ciudadana de que la democracia ha llegado a México, funciona y funciona bien. Con su flamante reforma política, un nuevo instituto nacional que organizará las elecciones, tres nuevos partidos, oportunidad de candidaturas independientes, las élites políticas partidistas representantes del Estado ante la sociedad engañan con la verdad a la ciudadanía de que los canales para participar en política son más amplios, más plurales y más abiertos. Gatopardismo puro. Lo cierto es que el derecho de asociación y de participar en política se está garantizando. Lo cual no es cosa menor, recordando el anterior régimen autoritario en México, donde los canales de participación estaban ocupados por un solo partido o no se permitía la asociación política libre. Pero no porque ahora se garantice el derecho de participación política éste debe considerarse como un síntoma de calidad democrática.

Mientras se asuma que la democracia mexicana debe ser una democracia de partidos y no una democracia de ciudadanos que vigilen, participen y cuestionen a sus representantes después de los momentos electorales, el nacimiento viciando de este tipo de partidos serán esfuerzos mínimos de pirotecnia política democrática que tendrán como principal resultado sólo el engrosamiento de la clase política del Estado. Si este principio sigue rigiendo, al mirarse frente al espejo nuestra joven democracia seguirá pareciendo fatua: llena de presunción con una vanidad infundada y ridícula.

Marco Arellano Toledo

Politólogo